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Tarzán, donde se enciende la vida

En Los Incas, casi esquina Timbués, un café escribe la historia de la ciudad desde 1948.

Un puerto que interrumpe la jornada. Los habitués entran y salen como barcos, conocedores de sus aguas; algunos amarran su día allí dando muerte al absurdo del tiempo, que se detiene.

El exilio de la miserable rutina se ve salvaguardado en su barra, en sus mesas ligeramente rengas, en la complicidad de sus rincones.

Donde morfa el vendedor ambulante de los trenes a Castelar solamente, se consuelan los escariadores y escriben los poetas.

De quinieleros y buscas, lectores profundos y del Popular, cantantes, rockeros y contertulios. Música de nostalgia; tango y blues.

Su ventanal ofrece el pulso de una ciudad que se puebla de torres y sombras, que se hacina, se asfixia. Las gentes persiguen trenes y son devoradas por el túnel cada mañana cuando Castelar se acomoda los postizos.

Dentro del boliche, el café con leche espera labios que besen su taza y una lata convida facturas a elección. La patrona, en delantal, atiende paciente.

No hay preguntas ni respuestas, conversas simples; de las que pretenden salvar al mundo o tramar una fulería.

La carta -de tiza, tallada en una columna- ofrece menús varios, caseros, antológicos que al acabarse, se borran del pizarrón con el índice.

El mozo, que es singular y plural, administra como un centrojás y en el consejo es certero como un artillero. La barra es la capital de ese país –donde todos se parecen un rato–, el mondongo en escabeche preside y el teléfono público gobierna. Los celulares, casi siempre sin señal, son una pileta de natación vacía.

Los muchachos de Ella es tan cargosa, que son músicos pero militantes de las calles del barrio, retribuyeron en el video de su canción insigne imágenes de Tarzán donde, además, supieron tocar.

Miércoles de gotan, jueves de lechón crujiendo a la parrilla, noches de bohemia. Como sentenció Manal, ginebra, amigos, nada más. Y nada menos.

El atardecer, repetido bostezo, devuelve a las gentes a sus vidas. Los obreros de la construcción edifican ratos de ocio entre puchos y cervezas, los tacheros entran y salen ansiosos y expectantes.

Algún africano irrumpe con su valija de falso fondo ofertando bisuterías. Hay quien dice que entre el dorado se esconden verdes y blancas.

El escribiente tiró el ancla un 20 de mayo, respetuoso y sabedor del lugar adonde arribaba. Incluso sospecha que ahí se fundó su ciudad cuando era apenas un paraje. Así dan cuenta las fotos que engalanan el salón.

Uno nunca está sólo en el boliche; desde sus paredes lo acompañan Carlitos y el Ringo, el Polaco y Pichuco, Dieguito y el Che, Rucucu y Piluso, que son la misma sonrisa.

Y en ese puerto –donde se enciende la vida– hay barcos que nunca parten. Al abordaje, charlistas, bucaneros, arribistas, solitarios y colifas.

Otro día se diluye, el vendedor ambulante se va con el bolso vacío, la panza llena y quien sabe si contento su corazón. Esto es Tarzán, donde siempre se está llegando.