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Amalia de Cirila, mucho más que la dueña de la ropa linda

Cirila es vanguardia desde siempre. Espacio reconocido por sus artículos de calidad y buen gusto que vistieron a varias generaciones desde bebés hasta adolescentes, puede considerarse como uno de los comercios emblemáticos de Castelar.

Pero Cirila guarda tesoros que trascienden sus vidrieras… Y Castelar Sensible descubrió algunos que comparte en esta nota.

 

Corría el año 1968 cuando Amalia Gonçálvez junto a su novio y cuñada, –Lucho y Carmen–; abrieron un local de ropa para chicos en la localidad de San Miguel.

Fue bautizado “Cirila” inspirado en una figura de nena que se recortaba de una tela premoldeada y se rellenaba y cosía transformándose en muñequita de trapo.

Aquellos eran los tiempos de las patas largas y las Peponas; los tiempos donde se vestían allí desde los bebés recién nacidos a los chicos y chicas de 16 años, quienes luego pasaban sin escalas a vestirse de grandes.

En 1983 –sobre la calle Arias entre Carlos Casares y Avellaneda–, Castelar vio nacer la primera sucursal de Cirila con Amalia al frente; y unos años más tarde cruzó de vereda para instalarse donde está hoy; entre Casares y Campana. Luego llegó Cirila de Morón, hoy a cargo de Natalia Muzo; hija de Carmen y “la sucesora”, según su tía que la adora y ve en ella la sangre joven que ilumina lo que vendrá.

Los chicos crecen

“Fui testigo del cambio de mirada frente a las vidrieras; la de las chicas y chicos gestándose como franja teen, que de pronto no se sentían representados en los modelos infantiles ni se conformaban con la apariencia en rosa o celeste. Ya no querían comprar en los negocios de ropa  para niños”, recuerda Amalia con la lucidez de quien supo ver de ese modo que no se aprende en las universidades.

Fiel a su intuición de que en breve sus pequeños clientes se transformarían en pre adolescentes y deseaba seguir captándolos, comenzó a incorporar marcas y moda pensada exclusivamente para ellos.

Entonces la muñequita del logo inicial fue guardada con mucho cariño en el baúl de los recuerdos y el local modificó su apariencia creando espacios diferenciados para atender las necesidades de cada edad.

Siempre atenta a percibir por dónde seguirían las tendencias, supo adaptarse sin perder el estilo.

Hasta aquí la súper ajustada síntesis de la evolución de un emprendimiento familiar que ya cumplió sus primeros 40 años de vida. Pero aunque este dato sólo es mérito suficiente para la admiración sostenida; Castelar Sensible quiere compartir especialmente el costado de la historia que revela un poquito más profundo la madera de nuestro Personaje elegido.

Has recorrido un largo camino…

Cuando Amalia cuenta Cirila ubica las anécdotas haciendo referencia siempre a un hecho relacionado con sus hijos: “A San Miguel iba con Pablo a upa”; “Para esa época Patricia estaba en jardín”; “Ahí estaba embarazada de Mariana”; “Cuando inauguramos aquí Sebastián había cumplido 10 meses…”. Y en ese relato se filtran su fortaleza; su empuje y tantas otras virtudes que ella supo administrar para hacer crecer el negocio al mismo tiempo que era mamá, esposa, profesora de inglés…

“Cuando arrancamos con el primer local Lucho y yo éramos solteros- cuenta. Luego nos casamos; él tenía su empresa y yo daba clases de inglés en casa y cada miércoles y sábado atendía en San Miguel.

Todo se logra con esfuerzo; con perseverancia. Hay que laburar y ser buena persona; ser Digno. Después viene lo demás: la solidaridad, el compromiso… Pero primero el trabajo digno, que a veces creo que se está perdiendo como la base de todo”.

“Como mujer que lo puso en práctica doy fe que se puede hacer el puchero, parir hijos, crecer… Es difícil, pero: ¿quién dijo que la vida sería fácil?”

Durante cinco años mantuve ese ritmo sin sacar dinero del negocio; puro esfuerzo, pura siembra; puro sueños. Yo continuaba con mis clases y mis idas al negocio en colectivo –no tuve auto hasta que abrí Castelar, ya con mis cuatro hijos nacidos–; y un día me enfrenté a la decisión de alquilar un lugar para armar un instituto de idioma pues la cocina de mi casa no daba para más entre los alumnos y mis niños; o dedicarme por completo a Cirila. Y elegí”.

Amalia hizo un estudio de mercado casero para chequear si las señoras de la zona comprarían la ropa de sus hijos por aquí. Le dio positivo y se lanzó a la aventura. Aunque los primeros seis meses la mayoría entraba, miraba y no se llevaba nada; pasado ese “derecho de piso”, llegó la bonanza.

Como la estabilidad en este paisito querido nunca dura demasiado; desde el efecto tequila hasta el 2005, las penurias por todos conocidas empujaron a Cirila a una caída de la que parecía que no se recuperaría jamás. Tanto que en el 2000 estuvo a punto de cerrar.

“Aquel fue un momento bisagra. Yo sentía que si cerraba el negocio mi vida se terminaba” confiesa hoy sin exagerar ni un poco. A pesar de ser una persona preparada con alternativas de hacer muchas cosas, había algo en mí que no veía un horizonte sin Cirila…”.

No había crédito ni efectivo para renovar la mercadería que quería ofrecer y la imagen que le devuelve la memoria es la de estar parada en medio de su local con enorme tristeza junto a un proveedor que le decía Resistí. “Y yo resistí. Puse plata de afuera; seguí apuntando a la calidad. En vez de cerrar agrandé; pinté de colores nuevos… y ahora estoy cosechando los frutos”, lo dice con emoción en la garganta y la piel de gallina, como sólo puede vivenciarlo quien le pone cuerpo y alma a cada obstáculo que propone la vida.

Conquistar la Pertenencia

Amalia llegó de su Portugal natal a los once años. Cruzó los mares junto a su mamá y hermana para encontrarse aquí con el padre y sus otras dos hermanas que se habían instalado un tiempo antes.

Hasta sus quince años vivieron en una casilla frente al arroyo de Morón que aún no estaba entubado y se inundaba, tenía olor a podrido y ratas.

Era en la calle Alem y Cañada de Juan Ruiz –antes, se llamaba Lebenson y antes aún Martin Fierro– y pegado a la vivienda su papá poseía un bar que daba de comer a los empleados de la antigua tintorería Morón (donde luego estuvo Segba y ahora hay un supermercado).

Mas tarde se mudaron a Morón y regresó a Castelar en cuanto se casó.

“Pasaron treinta años de mi vida hasta que pude sentir la pertenencia”, explica Amalia; eso que se pierde al llegar a un país nuevo donde “no sos de aquí ni sos de allá”. Fue dándose a través de mis hijos; de las comunidades educativas de sus escuelas –siempre estatales–, y de Cirila.

Por lo expuesto, fuera de toda pedantería, a la pregunta de qué siento al repasar mi recorrido puedo responder Orgullo. Para mí es un placer ser Amalia de Cirila;  que la gente me reconozca y salude en las calles; que las mamás que vistieron conmigo a sus hijos hoy vengan a comprar para sus nietos;¡que las bisabuelas que compraron para sus hijos y nietos hoy regalen mi ropa a sus bisnietos! Es muy halagador.

Sobre todo es una alegría que los clientes recuerden mi nombre, que hasta sepan que pinto cuadros (ver “…Y pintora”), que tengo mi parte sensible y no soy sólo una comerciante”.

Llegar a ser Amalia de Cirila le permitió a esta valiosa mujer recuperar aquella identidad perdida en su niñez transculturada. Por eso no puede ni quiere imaginarse en otro lugar que no sea Castelar; con otro futuro que no incluya a Cirila.

“Esto es mi Vida; la casita del caracol; la cajita de la nuez, como una segunda piel; parte de mi identidad.

“Yo deseo poder seguir en Cirila por mucho tiempo más; aunque no quiero que el local “decrepite” conmigo y por eso confío en la nueva energía que aporta Natalia, la continuadora del proyecto”.

Mientras sigo con las actividades que me hacen bien: perfecciono mi portugués; en cualquier momento retomo el italiano y planeo participar de un taller de literatura y otro de filosofía. Y pinto; siempre pinto.”

Cerramos como empezamos: Amalia de Cirila; mucho más que la dueña de la ropa linda…

 

“Y pintora…”

Cuando llegué a la Argentina era fanática del Simulcop; esas imágenes que copiaba y al sumarles color lucían lindísimas. Yo las pintaba y me encantaba cómo quedaban pero suponía que sería una inútil para intentar otra cosa… Hasta que ya de grande –recién en el año 1996– vi un volante del taller de Beatriz Boniecky y gracias al impulso que me dio una amiga, me animé a ir. Agarré los pinceles y empecé a pintar “¿cómo?”. Como Monett por ejemplo, y como todo lo que me gustaba y copiaba primero para agregarle lo mío después.

La cuestión es que me largué y desde entonces adhiero a la convicción de que el esfuerzo para hacer algo es lo que despierta el proceso creativo; ese “salir de adentro”. Si después lo aprecian en el mercado es otro tema. Todos servimos para… lo que amamos con Pasión.