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Budapest: el “iluminador”

Dibuja desde que logró sostener un crayón; estudió con profesores y también desde libros, pero su riqueza mayor es la que atesora en cada viaje como guía de Turismo.

Es muralista, da clases; toca la armónica y cuando las paredes disponibles para mostrar lo suyo se le complicaron, abrió el garaje de su casa y se inventó una galería de arte en pleno barrio.

Es Budapest; un artista de aquí nomás que fulgura en cada gesto.

 

Vivió mucho tiempo del lado norte de Castelar, cuando en las cuadras cercanas a su casa eran mayoría de varones –él era mas peque entre dieciséis– que jugaban escondidas interminables hasta que se hacía oscuro, rodeados de terrenos baldíos sin peligro.

Entre aquellas vivencias fue bautizado Buda por los pibes –ajenos a tendencias religiosas y otras lógicas–, estirándose hasta Budapest por designio de unos curadores de arte que, sin sospecharlo, le completaron la identidad con la que firma sus cuadros.

En ese pedacito de mundo de la infancia aprendió los códigos del barrio que fue mutando a ciudad grande con rejas en las puertas y seguridad en las esquinas; y que él celebró haber recuperado un tanto al mudarse del lado sur sobre la calle Almafuerte. “Ahí volví a vivir el que si no tenía una moneda me decían me lo pagás después”, reflexiona Buda, quien habla reflejando imágenes con sus palabras como lo hace con sus obras.

Como vivía de la vereda sur donde daba mucha sombra empecé a poner color; pintaba soles y jugaba con espejos para captar la poca luz que entraba, así las plantas podían recibir más energía. Luego saqué los cuadros a la calle.

Para esa época, siempre con compañeras y compañeros, hacíamos intervenciones urbanas sobre los bancos de plazas: de los Españoles; Belgrano; Cumelén y la plaza donde está el monumento a Lino Enea Spilimbergo; enla Cañadade Juan Ruiz. También colgamos sobre el alambrado de TBA, mirando hacia el tren, unos cuadros hechos en fibrofácil que la gente fue descolgando y llevándose.

Queríamos mostrar lo nuestro en el barrio, trabajar para el barrio, agregando un poco lo que venía faltando y que se va a necesitar a futuro: no sólo la pincelada para dejar lindo un objeto, sino eso sanador que aporta la vibración del color.

A medida que crezca la ciudad – pueblo hacia algo más grande, se va a ir viendo una arquitectura más imponente, entonces siento que también crecerá la responsabilidad de todos los seres creativos de aportar otra mirada, jugar otro juego, no quedarse callado, expresar. El artista –músico, fotógrafo, pintor, grabador– es una especie de comunicador de Buenas Nuevas; cuando capta algo tiene que transmitirlo al resto, sino se queda en un espacio muy privilegiado y también egoísta.

No es que el artista sea más humano que la persona que se dedica a otra actividad, sino que al estar todo el tiempo pasando las cosas por una fibra más interna, mas espiritual; está más ligado a eso menos racional que en otras épocas era cotidiano a través de las grandes celebraciones rituales. Cuando hago un cuadro no lo pienso. A mayor individualismo y encierro; mayor necesidad de que el arte vuelva a proponerse como un acto verdadero; que refleje los sentimientos.

Yo estuve muy bendecido por esta situación que me permitió pintar entre mis amigos músicos, y participé de proyectos donde pude aprender y también enseñar lo que venía aprendiendo. Entonces se dio el intercambio recíproco y horizontal de enriquecerse de los viajes, de la calle, de personas con distintas experiencias; y no hablo de la cosa idílica y fácil, sino del camino tracción a sangre. Y a Conciencia.

Bitácora de artista

“Tal vez mucha gente tenga la idea de que los artistas son personajes bancados por sus familias, despegados de la realidad del resto” cuenta Buda. Eso hoy, acá, en el oeste no pasa. No vas a encontrar artistas encerrados en sus atelieres pintando para un mercado de arte. Eso no existe por estos lares; donde ni siquiera hay un concurso o una beca que te legitime.

Aquí artista elegís ser todos los días; tenés que levantarte y saber aguantar las críticas que muchas veces tienen que ver con la falta de experiencia en el tema, que puedo comprender porque yo mismo no tuve formación sobre la materia desde la naturaleza barrial. Salvo por tres mujeres muy lúcidas –Gladys Semillán y René Pietrantonio, sus profesoras de Arte en el colegio Inmaculada; y Alicia Gobi; con quien siendo chiquito tomaba clases de pintura– que me dieron la pauta de que se podía trabajar desde lo creativo en distintos lugares.

A ellas les doy las Gracias porque me moldearon de alguna manera; como los papeles que en mi casa fueron un juguete primordial, aunque mis padres no se dedicaban al arte. Donde había un color se lo gastaba; con la tele prendida, como fuera. Dibujar lo recuerdo incluso como gran posibilidad de entretenimiento cuando venían mis amigos o con mi hermano más grande.

Ya de adolescente me interesé por el humor gráfico; las historietas. Luego pasé a la platería (donde aprendí con los mapuches la importancia de lo curvo; uno tenía que poder apretar una pieza sin que doliera… Y esto lo mudé a la pintura); y más tarde volví al dibujo.

Arranqué por donde había dejado: la témpera; que se me puso áspera y arenosa para presentarme el acrílico. Luego debuté con sintético; me hicieron mal los vapores propios del solvente y regresé al acrílico. Al final de cuenta lo importante para mí es tener los recursos más copados para seguir pintando en la cantidad y el tamaño que me guste.

Lo que deseo es que los cuadros me gusten a mi primero y que tengan algo que contar. Si después el otro capta lo que quise decir muchísimo mejor: ahí siento que se cumple realmente toda la vuelta.

También es interesantísimo cuando yo intenté expresar una cosa y otra persona interpreta algo tal vez parecido e increíble; quizás hasta mejor de lo que yo había tratado de decir. Ese asombro me permite  un poco volver a ser chico todo el tiempo. Conectar con la mirada curiosa, sin edad… es un golazo.

Algunos cuadros de Budapest se pueden espiar en “La Cucha”, C. Casares casi Montes de Oca. Y en www.fotolog.com/arte_budapest

“Lo guía el sol y es él el nido” 

Esta sociedad tiende a discriminar a los artistas; en muchos espectáculos se les paga al que hace el choripán, al de la seguridad, al que monta el escenario y al artista por ahí no, porque está ese concepto tremendo de que “total él labura de lo que le gusta; aparte le estamos dando un lugar…”

Por eso yo me convertí en mecenas de mí mismo. Si te autogestionás conquistas la independencia. Cuando vi lo difícil que era conseguir espacios donde mostrar lo mío; abrí el garaje de mi casa-taller y lo convertí en galería de arte.

Aquí planté los arbolitos de la vereda, pinté cada rincón, habilité la terraza como otro punto de observación, traigo a mis amigos músicos y fotógrafos y viene la gente convocada con el viejo código del boca a boca; ese del “che, va a haber partidito de fútbol; hay equipo”; acá es así con lo artístico. Armamos la tertulia y somos el artista, el marchand, el guía que ayuda a leer la obra. Acá el premio es que la gente te aliente, abrace tu obra, te dé la fuerza para seguir haciéndolo. “Y cuanto más gente dialoga con ellos, más desean convertirse en guardianes de alguno…”.

El que quiera enterarse cuándo se suben las persianas tiene que venirse para Castelar sur buscando una casa con el tanque de agua pintado, allí donde Anatole France va a descansar en Zeballos…