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La 7, en primera persona

Siete años son un suspiro para una escuela pero inolvidables para este alumno. Lo dijo León Gieco: todo está guardado en la memoria.

El tiempo, en su transcurso urgente, arroja un número inequívoco: la Escuela 7 celebra 125 años sin fatigas ni renunciamientos.

Para el escriba es complicado redactar en primera persona pero ponerle otra voz a esta crónica, sería caer en el veraz de los ingratos.

Lejos de misceláneas, pico los recuerdos que me quedan e intento armar el pasado antes que lo atropelle el olvido y se haga humo.

Entonces, los sentidos sintieron el olor a aserrín con kerosene que usaban las porteras cuando barrían, el rumor recitado de la oración a la bandera, un barco que nunca llegaba.

Así como Morón debe una calle a la Maestra Cueto, mi barrio debería –al menos– un pasaje a Adela Alonso, cuyo nombre es el de todas las docentes que intentaron educarme.

Revivo los recreos de fulbito improvisado y el sufrimiento cuando la pelota caía en lo del vecino que la devolvía tras alguna disputa.

En Juan Carlos Turco se resumía la infinita labor de la cooperadora. Cada vez que visitaba un aula, su apellido encendía la mecha de un cántico cómplice.

Se me aparece también Mary –la portera– de guardapolvo celeste, quien hizo de la escuela su casa y del escobillón un micrófono para cantar las de Sandro.

Y en ese recorrido variopinto surge el quiosco de Lina, donde se hacía escala para comprar figuritas. El teléfono aún está descompuesto y los álbumes se quedaron huérfanos.

Aquel pasillo interminable de mil baldosas, el busto de Tomás Espora –todavía indeciso entre el patio o al lado de la dirección– y el preciado cartel que detenía el tráfico cuando salía el alumnado. Hoy reemplazado por un lomo de burro, acaso, para evitar la riña que provocaba tamaña responsabilidad.

La tortuga que avanzaba y retrocedía desde la computadora –tan novedosa, tan commodore 64– alimentada a cassette.

Sospecho, mientras redacto, que mi vocación empezó el mismo día que simulamos un programa de radio con mis compañeros de séptimo grado.

Todo aquello y los bailes y las kermeses y el himno cantado a capela por un sonido que se retobaba dos por tres; y mis tíos, mi vieja, mi hermano y mi otro hermano, a quien conocí en primer grado son la Escuela 7.

Hace mucho que no vuelvo. Antes votaba en su edificio pero cambiaron los padrones y presumo que tenía razón el español que dijo que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

Ahora soy un peatón de la vereda de enfrente que lamenta verla pintarrajeada. Quizá si tengo un hijo y permanezco en mi barrio –que supo ser de casas bajas– lo mande a la 7 y así, sólo así, vuelva un poco.

 

 

Breve reseña

Tras los pasos de la 7, hurgo un añejo material acercado por un vecino cuyo nombre me exige no revele.

Recortes de diarios, manuscritos y retazos de memoria se enciman, se pegan, se contradicen. La búsqueda me traslada a Haedo, al Instituto Histórico del Municipio, con el deseo de que las dudas se hagan certezas.

Referencias inverosímiles, datos pintorescos y aditamentos varios germinan la crónica.

El 10 de julio de 1885 se funda como Escuela Nº 9 en el paraje “La Calabria” –40 cuadras al sur del pueblo de Morón, cerca de la Base Aérea– y su directora es María Muñoz. El sitio era precario y algunos de los pocos alumnos asistían a caballo.

Luego de repetidas mudanzas por diversas fincas de la zona, se abraza para siempre a Castelar en 1923. San Pedro 1785 fue sede de la escuela que desde entonces y para siempre sería la 7. Cuatro años después se traslada donde el Club Argentino y nace la Cooperadora.

En 1938 tiró el ancla en Arredondo 2465 y en noviembre del año siguiente es apadrinada por la Escuela de Guerra Naval y bautizada como Coronel de Marina Tomás Espora, primer marino argentino en dar la vuelta al mundo.

Para 1951 se edifica la planta alta y en 1955 la municipalidad cede el terreno donde se construye el gimnasio.

Todas las actividades impulsadas por la cooperadora eran reflejadas en La Voz de Castelar. Sus páginas, amarillas y víctimas de la humedad, dan cuenta del acto de fin de curso de 1930 en el cine-teatro (lado sur, donde ahora está el banco) o el balance con memoria de noviembre de 1932 con la adquisición del piano a $ 380 y su posterior afinación a $ 10. El cambio de autoridades en asamblea extraordinaria de un domingo 13 de agosto a las 9 de la mañana, la inauguración del 6º grado y el inicio de la nocturna para abril del ´39.

La lectura desata un diluvio de recuerdos y probabilidad de nostalgia para el resto del día.

Lo que empezó entre garabatos lleva 125 páginas sin faltas de ortografías ni punto final.