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La genialidad de una mujer al microscopio

En esta nota invitamos a recordar  la historia del tradicional Laboratorio Viola  que está  celebrando sus cincuenta y siete años de vida en nuestro barrio. Pero proponemos algo más, disfrutar el placer de adentrarnos en el encantador relato  de su dueña, una mujer que contagia a quien la conoce  con su entusiasmo y energía  vital.

La doctora Ana María Viola es una señora que reconoce admiración por su marido Miguel; es la feliz madre de Laura, Nacho y Carolina y la abuela orgullosa de seis nietos. Y también es una profesional brillante y una dama muy graciosa para desgranar las vivencias que traslucen su pasión por la vida toda.

“Mi hijo Nacho es el papá de Lucila (nieta mayor), Camila y Dante; un “personaje” fuera de lo común quien desde muy chiquito y sin conocerte te podía preguntar: ¿qué es lo peor que te pasó en la vida?; ¿estás arrepentido de algo? –cuenta nuestra entrevistada como muestra de los tesoros que la rodean. Y sigue…– Cuando nos casamos Miguel tenía dos hijos; Flavio y Matías. Flavio se fue a vivir con nosotros a sus 17 años y con él aprendí todo el amor que se puede transmitir cocinando una tortita para los cumpleaños” Él es el papá de Franco a quien Ana le dice “nieto del corazón” y los más pequeños Pedro –sonidista profesional desde el año y medio– y Juan; los hijos de Laura que, sin haberlo hecho adrede, se llaman igual que sus bisabuelos.

Cuando la doctora comparte sus anécdotas de entrecasa se ilumina especialmente: “Ellos están bien. Me da gusto verlos consolidados como Familia porque más allá de cómo salgan el resto de las cosas, cuando funciona lo familiar –no perfectos Ingalls!V lo demás va y viene. La familia es el Refugio frente a todo; es el núcleo de la sociedad. Y mira que yo de chica era comunista eh? A mí más que contenerme mis padres me soportaban! –confiesa provocando la tentación de risa de la cronista– Pero con la vida aprendí que a la solvencia afectiva no hay con que darle”.

Los caminos de la vida

Hija del medio entre Alicia Ethel –también Bioquímica– y Conrado Aquiles –dedicado a la Marina–, la pequeña Ana María disfrutó su infancia en Rufino, Santa Fe -donde se conocieron, noviaron y se casaron los padres– aunque en su documento dice “cordobesa”. ¿Por qué razón? Porque a su mamá, doña María Alicia Ivaldi, le gustaba parir a sus niños en la clínica que el cuñado tenía en el pueblo vecino, Laboulaye, provincia de Córdoba, adonde luego se quedaban una temporadita conviviendo con los tíos y los primos en una casa bien grande.

Primer grado lo hizo a los cinco años porque quería ir a la escuela igual que su hermana entonces la mamá, docente, le gestionó la posibilidad. El papá, don Conrado Atlántico Viola, –que fue Farmacéutico antes que Bioquímico– era un hombre honesto y emprendedor siempre dispuesto a conquistar nuevos horizontes. Tuvo una farmacia ambulante; armó una fábrica de planchas de una especie de plástico que se utilizaba para hacer botones; se instaló en Rosario con una fábrica de galalic (derivado de galactosa), pero tras una úlcera de estómago y otros trastornos derivados de las complicaciones industriales, escuchó los consejos de su amigo el Dr. Juan Vegersteen (vivía en Avellaneda y Montes de Oca) y se vinieron para Castelar.

Ni bien se mudaron a la casa de Buenos Aires 580 papá Viola retomó su profesión; montó el Laboratorio en el living comedor del hogar, amplió un poco la galería y arrancó. “Era muy capaz- valora su hija, por lo que rápidamente lo nombraron Director del Laboratorio del Hospital de Morón y de un ente municipal de Bromatología. De él heredamos la cultura del trabajo incansable”. Y también la fascinación por lo que ocurría dentro de esos tubos de ensayo que Ana María aprendió a limpiar, a clasificar, a comprender en vivo y directo con su padre como primer maestro. “Un Cacique”, según lo siente.

En el jardín de atrás de aquella casa donde hoy sigue estando el Laboratorio (ver foto del banco para reactivos), había una jaula con sapos parala Galli Mainini –diagnóstico de embarazo–, cobayos y un carnero atado de un árbol al que le sacaban sangre de la yugular para hacer la reacción de Wasserman y Kohn para diagnóstico de sífilis. “Con esos bichos jugábamos siendo chiquitos y cuando llegábamos a tercer año papá nos dejaba hacer las orinas, lo más sencillo para un laboratorio. Si aprobabas ya estabas para aprender glucosas y ureas”.

Adolescencia y después

La niña Ana tenía diez añitos cuando cursó quinto y sexto grado en la escuela 17 “antes de que se cayera el avión”; y pasaba los veranos en La Plata, en la casa de la abuela que tenía jazmines del país maravillosos y un cortador oficial; el tío Aquiles Sacarías que era un músico exquisito y le hacía leer el Dante en italiano.

La secundaria la hizo en el Dorrego (cuando se llamaba “el Colegio Nacional de Morón” y funcionaba en una casona frente a la plaza en la cuadra dela Catedral) donde disfrutaba muchísimo de jugar Pelota al Cesto en los Intercolegiales que ganaron varias veces. Un dato que la pinta es que en el encuentro de los 50 años de egresados celebrado el año pasado algunos compañeros habían guardado fotos de ella en la que se veía exclusivamente su sonrisa. “Yo la pasaba bárbaro. Cuando nos rateábamos dejábamos los guardapolvos y libros escondidos en unas tinajas de la plaza y nos íbamos a Puente Roca en colectivo. Entonces alquilábamos un botecito y paseábamos por el río comiendo manzanas verdes mientras leíamos a Neruda”. También iban con su hermana al Club Argentino

A los 21 años se recibió de Bioquímica enla UBAdonde ya a los 17 era ayudante dela Cátedrade Biología y un poquito después hizo toda la carrera docente como ayudante de Química Analítica Cuantitativa. Logró ingresar enla FundaciónCampomar(era el lugar donde investigaba el Dr. Federico Leloir) pero la vida la llevó a focalizar su trabajo enla Cátedrade Histología de Medicina del Dr. De Robertis; que fue la cátedra de esa especialidad más importante en toda la historia dela Universidadde Bs. As.

Para aquella época llegaron de Inglaterra los LUND; “unos muchachos investigadores que tuvimos alojados en casa y con quienes armamos un equipo en lo del Dr. De Robertis con el que investigamos Sinapsis Nerviosa en ratitas usando radioisótopos, centrífuga y microscopio electrónico para determinar hasta dónde llegaban los impulsos nerviosos. Entonces no se sabía casi nada sobre el tema; hablábamos de “neurotransmisores” por primera vez.

Trabajaba en un laboratorio chiquito que se abrió con amigos en Martínez; en el Hospital de Clínica haciendo Investigación y Docencia; publicaba trabajos en medios científicos y además venía acá, al laboratorio de su padre. “A los 25, con todos en contra, me fui a vivir sola a la capital. Un departamento horrible adonde llevé mis discos, libros, pósters y poco más. Una etapa divina! En el verano con mi amiga Silvia nos íbamos al hospital con la malla puesta debajo del guardapolvo griseta. Dábamos la clase que teníamos que dar; preparábamos los reactivos y si teníamos dos horas libres huíamos a la costanera; sacábamos las paletas del auto, guardábamos el guardapolvo y nos poníamos a jugar. Al rato de vuelta al hospital. Era divertidísimo”.

Un año después de haberse mudado sola, en un curso de Nemotecnia y Oratoria conoció “a Maglione” –como gusta llamar a su marido médico, docente y cirujano–  “con unos ojos…; no sabés; un espectáculo Maglione”, comenta la doctora con picardía.

Él estaba separado, empezaron siendo amigos hasta que se enamoraron, se casaron y armaron la familia preciosa que mencionamos al principio de la nota.

“Cuando nacieron mis chicos dejé el laboratorio de Martínez; decidí hacer un paréntesis con la intensidad profesional y los tuve seguiditos. Pero aunque vivíamos en Flores jamás dejé de venir al laboratorio de Castelar. A la mayor la traía en moisés y me la cuidaba mamá que para entonces se había mudado con papá a la casa de enfrente para que el laboratorio pudiera expandirse. Yo cruzaba para darle de mamar. Cuando la menor entró en jardín volví con todo”. Lo que se estudia en el hospital es fundamental para mantenerse actualizado y ella siempre se enriqueció con la investigación permanente.

Llegó la modernidad

“Poco a poco fuimos automatizando el laboratorio; invertimos y nos entrenamos. Con la experiencia en industria de mi padre diagramamos cómo tenían que ser los movimientos de los empleados entre las máquinas y entramos en una etapa nueva. Lo extrañé mucho cuando cerca de 1990 él decidió retirarse”.

La hermana Ehel había planteado darle otro rumbo a su vida entonces Ana María quedó sola a cargo de todo. Hoy en el laboratorio se manejan con normas del Sistema de Gestión de Calidad que achican a márgenes ínfimos los errores.

Ya en el 82 la doctora había asistido a un curso en la Facultadde Ciencias Exactas para aprender a manejar radioactividad que la habilitó a empezar a medir las hormonas. Luego hizo una Maestría con Hugo Scaglia en la Universidad de Favaloro que la especializó en Endocrinología. Dicha temática la llevó a presentar en un Congreso en Mar del Plata junto al Dr. Stewart Usher –reconocido médico endocrinólogo también vecino de Castelar– los resultados de una importante investigación clínica sobre hormonas. A ella le encanta estudiar en compañía de medicas/os “con los que nos juntamos, leemos, escribimos algún trabajito que presentamos en congresos…”, explica sin alharaca como parte de la rutina que goza e incluye por ejemplo dar clases de “Diabetes2”, en el Colegio Médico de Morón.

Como proyecto se está preparando para sumar a su laboratorio la Biología Molecular (estudios específicos a partir del ADN) “que hoy como rutina no existen pero cuando yo empecé tampoco existía el análisis del colesterol y yo tenía claro que a futuro sería fundamental para medir el riesgo cardíaco. Pasaron catorce años hasta que se lo incluyó entre los básicos”.

La Leyenda continúa

Para ese futuro que llega tan pronto ahora se están preparando las hijas de la doctora. Carolina, quien sigue la carrera de su madre capacitándose desde la visión científica y Laura, que aunque es música –doce años de Conservatorio– se ocupa del sistema administrativo (atención del público, proveedores y del personal que asiste a calibrar las máquinas, manejo de empleados, comunicación con otras instituciones, etc.). Su hijo Nacho eligió dedicarse a otra actividad.

“Tenemos un gran equipo de personas comprometidas con los procesos de cada área para que los resultados sean de excelencia.

Más allá de que uno siempre tiene que ajustar cositas, yo me siento una persona realizada. Cada vez que cumplí años y miré para atrás me dije a mi misma: qué bien cumplidos! Y no es desde la omnipotencia; sino desde la conciencia de lo positivo. Soy optimista; trato de ofrecer siempre lo mejor de mí y soy muy agradecida con la vida”, sintetiza la querida Dra. Viola con una sonrisa que evidencia la pasión por lo que eligió ser en cada paso de su camino y la alegría por no haberse equivocado.

 

Esta partecita que decidí “hacer entrar” en la modificación tomando el consejo de la arquitecta como homenaje al origen del laboratorio, era el banco donde se hacían los mejunjes con los reactivos peligrosos. “Ahí rompíamos las ampollas de bromo y se trasvasaban el ácido sulfúrico, anhídrido acético y clorídrico; sustancias que no podías aspirar porque dañaban”.